Galería Imágenes MUESTRA TRIPARTITA_007.17
07 de noviembre al 31 de diciembre, 2017

CONSTELACIONES

Más allá de la fascinación, a muchos nos resulta casi imposible encontrar orden en el cielo estrellado. Por eso es toda una sorpresa que entre los millones de cuerpos celestes haya unos que formen agrupaciones reconocibles. Aquellas son las constelaciones. Su presencia ha acompañado la historia humana desde que no éramos más que unos homínidos temerosos. Un tiempo remoto, que enfrentado al infinito astronómico es cosa poca. Reconocer patrones fijos en el cielo nocturno llevó a la imaginación astrológica a crear curiosas figuras con las estrellas más brillantes: el centauro, el escorpión o la osa. Pero aquello es casi una ilusión. Cada uno de esos puntos, que a simple vista parecen vecinos, pueden estar separados por distancias enormes. Aun así, desde la Tierra, se perciben como figuras estables, como mapas luminosos o como imágenes cargadas de poder simbólico.

Ya sabemos, hace mucho que el cuadro, sin importar su forma ni estilo, dejó de ser referencia obligada para entender el arte, sin embargo, algo del poder de síntesis y condensación que emana de la pintura aún subsiste en cientos de obras contemporáneas pese a sus diferencias materiales o formales. El tiburón de Damien HIrst o alguna pieza objetual de Los Carpinteros parecen concentrar su peso artístico en el poder de una cosa. Un animal muerto en un tanque de formaldehido un objeto cotidiano alterado con ingenio. En ambos casos lo que los artistas plantean, se condensa en una imagen cuyo poder radica en su capacidad de evocar y materializar conceptos: condensación. El concepto se lo debemos a Freud, quien lo usó para describir el mecanismo del sueño que permite reunir dos o más experiencias en un solo objeto. Frente a ese modelo sintético está su reverso, la constelación.

Crear desde constelaciones significa renunciar a la idea de síntesis o de círculo cerrado que acompaña, con mayor o menor intensidad, aquellas obras que operan desde la condensación. Crear desde constelaciones significa presentar la realidad, el mundo o quizás la conciencia sin intentar llegar a un objeto que resuelva sus contradicciones. Al contrario, los materiales que componen ese flujo inagotable de imágenes e ideas se presentan de manera amplia y sin costuras en el espacio abierto de la sala de exposición. Pero también en el cuadro. Pensemos en Claudio Herrera, su obra aparece en un primer vistazo como un derivado del expresionismo abstracto, pero eso es pura apariencia. Una mirada atenta comenzará a identificar imágenes ligadas al paisaje, la arquitectura y los objetos; luego el mismo observador podrá reconocer textos e inscripciones. A veces se trata de nombres propios: ciudades, artistas o músicos cuya simple mención parece invocarlos en un acto mediúmnico. En otras ocasiones son textos breves que evocan la historia social y política de occidente, definiendo mediante la palabra, un punto de vista. Historia e ideología o historia como ideología. La suma total de los elementos: colores, trazos desbocados, manchas acuosas o matéricas no aparece resuelto como una imagen abstracta usual y más bien opera como una miríada de impresiones que los límites del papel o la tela apenas puede contener. El caos que se opone al cosmos.

En Pilar McKenna la pintura y el dibujo se diseminan en el espacio. Su obra se hunde en la naturaleza y en los distintos campos científicos dedicados a estudiarla. Pero el mundo natural no es un cuerpo que se ofrezca con facilidad a la disección ni a las predicciones. La ciencia la explica a través del orden bello y aparente de esquemas, diagramas, flujos o modelos; imágenes cuya vida corre paralela a ese mundo a veces indescifrable, casi siempre incontrolable, que es lo natural. Por eso en la obra de la artista hay una renuncia deliberada al cierre, al contrario opta con rigor por lo abierto y transitorio. En su obra las distintas formas para entender y representar el cosmos se encuentran y se enfrentan entre sí. Casi nunca se funden.

José Vielva viene hace años desarrollando un metódico trabajo de campo con la comunidad aymara y su ceremonia de culto solar. Y aquí ocurre algo interesante. Porque Vielva desarrolla una obra a partir de un ritual sagrado ligado al cosmos. Sin embargo, el resultado no aparece resuelto con la lógica que presentan McKenna o Herrera. Al contario, en Vielva la obra es un ejercicio de condensación. Los mantos empleados en el ceremonial aymara aparecen intervenidos por el artista a través de la energía solar. Tras cubrir cada una de las piezas textiles con cinta de enmascarar, el artista las expone a la luz del sol: el resultado es la decoloración homogénea de toda la superficie descubierta. El puro contraste tonal nos permite reconocer un conjunto de diseños que remiten tanto a la astronomía como a la geometría abstracta que fascina al artista.